Novela

[ Volver ]

Las cartas de Nicia (tercera entrega, del capítulo 27 al 33)

26/04/2026 - Jordi Rueda Mateu / Las cartas de Nicia

las cartas tercera entrega del Nido de golf 29 al 33 Nicia, en mayo del 68, se ilusiona pensado que tal vez esté empezando otro tiempo de cerezas para la juventud del mundo. Foto del autor.

Las cartas de Nicia

la de los cabellos castaños

Jordi Rueda Mateu

Del capítulo 27 al 33 

(Véanse los capítulos del 1 al 14 y del 15 al 26)

 

XXVII 

Los ginecólogos ayudan a llevar vidas al mundo 

Querido Bambi

Este mes de mayo volveré a trabajar en la librería, de las cuatro a las ocho de la tarde, de lunes a sábado, aunque serán solo dos semanas. Por las mañanas iré a la Escuela de Bellas Artes (¡tengo que estudiar!). 

¿Estarán todavía recogiendo fruta en Francia tus amigos de la buhardilla del paseo del Borne? Te lo pregunto con ilusión y con temor. Por una parte, la perspectiva de pasar algunos ratos contigo a diario entre esas paredes que fueron el marco de nuestros primeros abrazos pasionales en la intimidad, me hace sentir muy bien, optimista, feliz, pero, por otra, temo que vayamos demasiado lejos.

Voy a intentar, si te parece adecuado, que mi ginecólogo me recete pastillas anticonceptivas. No quisiera quedarme embarazada (no lo quisiera ahora, mejor dicho). 

Cuando se lo insinué una vez, me contestó que los ginecólogos están para llevar vidas al mundo, no para evitarlas (me sonó a rollo, pero cortó toda posibilidad de que yo insistiera). Tal vez ahora, si le digo que ya la familia prepara mi casamiento, se avenga a recetármelas… Tú, mientras tanto, procura ir a una de esas tiendas del Barrio Chino donde venden condones a comprar algunos.  

No me gusta verte sufrir siempre con la marcha atrás, porque sufres o, como poco, pones cara de estar apurado. 

Compra una cajita, querido, para estar tranquilos hasta que me receten las pastillas.  

Besos. T.Q.M.            

Nicia, la que no quiere dar marcha atrás. 

XXVIII 

Mayo del 68 

Querido:

Qué desilusión tan grande tuve al saber que tus amigos volvían a Barcelona y que ya no podríamos utilizar más días su desván del Borne. Me parecía como si hubiéramos comenzado una luna de miel. Sé que están pasando cosas en París, que los universitarios están en las calles, pero no imaginaba que eso pudiera influir en el trabajo de los temporeros de la fruta.

Por lo demás me alegro de que pasen cosas, a ver si también se contagia algo aquí. Me han dicho en la librería que hay muchos policías secretos por la Universidad, además de los grises fuera, a pie y a caballo, que reprimen cualquier conato de manifestación.

Pero me ilusiona pensar que tal vez esté empezando otro tiempo de cerezas para la juventud del mundo.

Algún día tendremos que salir todos a la calle, aunque nos den leña. Aguantaremos. Resistir es empezar a vencer.

Pero tú, por favor, no te metas en líos. Aún te debes a mí, que soy la revolucionaria práctica, y te suplico que no hagas tonterías, que tú eres un teórico.

Para todo, incluso para protestar, hace falta una preparación.

¿Nos vemos pasado mañana en la plaza de la Sagrada Familia? Así yo estoy cerca de casa y no llego tarde, que ya me preguntan qué hago por ahí “hasta esas horas”. Les llama la atención que salga tan a menudo en lugar de dedicarme a pintar y a leer, mis grandes devociones.

¿Vamos a la plaza de la Sagra? El otro día, en uno de sus bancos, lo pasamos muy bien, aunque ahora además quisiera hablar un poco contigo, si es que somos capaces de no enredarnos en carantoñas y besos.

El sábado debo ir a casa de Edu, a comer con él y con sus padres. Ya está aquí, en Barcelona, a punto de ir a su último período de milicias. Se va el lunes, a un C.I.R.*, de alférez, y acabado el verano estará lili, como dicen los soldados cuando les licencian.

Yo, como habrás deducido de nuestras últimas conversaciones, estoy muy confundida. No voy a pedirte que me ayudes a salir de mi laberinto, pero sí que me comprendas.

¿Nos vemos? ¡Sí!

Besos

Nicia, la revolucionaria. 

XXIX 

Un nido de golfantes 

Querido:  

Olvida todo lo que te dije de volver al Pub 120. Estos días he tenido varias conversaciones con mi hermana. Fui a pedirle unas centraminas* para poder aguantar con todo lo que ahora se me viene encima y no estar hecha un guiñapo cuando te vea. 

Me dijo que no las tomara, y me contó que ella se enganchó hace unos años. Fue cuando las cosas empezaron a ir mal en casa. Mi padre y mi tío, su hermano, no supieron llevar bien los negocios familiares. La finca de pisos que heredaron, que requería invertir en mejoras antes de que amenazara ruina o pasara una desgracia, se había ido llevando algunos ahorros y mi padre acabó por cederla a su hermano para no invertir más en su reforma.  

De golpe, en casa dejó de hablarse de la finca y de sus inquilinos. A la vez empezaron a haber algunas estrecheces económicas y mi hermana, al tanto de todo, empezó a estar de malhumor un día sí y el otro también. Mi padre, en efecto, cedió la casa a Rudy (mi hermana y yo llamábamos así a mi tío porque tenía bastante parecido con el trompetista Rudy Ventura, pero, en realidad, se llamaba Ignasi, el tiet Ignasi). A cambio de eso y de contribuir al pago de deudas pendientes, mi padre se quedó con el negocio de seguros, el que, mal que bien, ha seguido funcionando. Cambió la oficina del amplio entresuelo, situado debajo del piso principal donde vivíamos entonces, en el paseo de San Juan, en la acera del Cine Chile, aunque abajo, tocando a Provenza, a unos bajos angostos en la escalera de al lado que también eran nuestros (bueno, de la familia; míos, no). Despidió al contable y a otro empleado que hacía de corredor (que se fue a la competencia llevándose, por cierto, a varios clientes) y obligó a mi hermana, que ya había echado una mano alguna vez en la oficina, a que fuera a trabajar todos los días. Rosa acabó el peritaje mercantil de milagro.  

Trabajar y mucho, por lo que me ha contado, sin dejar de estudiar era muy duro y entonces se enganchó a las centraminas.  

Las tomaba incluso cuando tiempo después suspendió temporalmente los estudios para ir a trabajar y sustituir, ella sola, a todos los empleados de mi padre.  

Antes de eso, un día, al terminar las clases, salió con sus compañeros de la Escuela de Altos Estudios Mercantiles, como otras veces. A menudo iban al Frankfurt Pedralbes y después a tomar una copa. Aquella noche querían ir a bailar a La Cabaña del Tío Tom, cercana, pero alguien del grupo dijo que era muy pronto, que el ambiente en esa sala empezaba más tarde, y propuso ir al Pub 120, en la calle Córcega, 120, donde siempre había músicos tocando y cantando.  

Fueron. Y, a poco de entrar en el local, bastante lleno, mi hermana lo vio. Su corazón se puso a mil. Allí estaba mi padre con otras personas, entre ellas varias mujeres, muy arregladitas. Rosa quedó conmocionada, se camufló como pudo entre sus compañeros, perpleja, sofocada, y casi sin poder asimilar lo que estaba viendo, dolida. ¡Así que es a este señor al que yo le tengo que sacar las castañas del fuego en su trabajo mientras él se divierte con amigotes y señoritas de la noche! 

A Rosa, en esa época, se le agrió el carácter. Antes era una chica divertida (no siempre) y una hermana mayor que se preocupaba cariñosamente por mí. Entonces paso a reñirme por cualquier cosa. Incluso le tuve que parar los pies. 

Ahora, querido, he comprendido muchas cosas que no te explicaré. Me siento unida a mi hermana… con un enfado parecido al de ella aquella noche en el Pub 120, al que ya no iremos nunca más tú y yo.  

Gracias por leerme. Te quiero. Iremos a cualquier otro sitio. En realidad, en ese local el ambiente era de gente mayor que nosotros. Y un nido de golfantes. 

Hablaremos luego. Besos. 

Nicia, la sorprendida y dolida con el autor de sus días. 

*Pastillas de sulfato de anfetamina, muy popular entre los estudiantes en época de exámenes en los años sesenta. 

XXX 

Semen de mamífero 

Querido. Explicaciones.

Vivíamos en nuestro piso del paseo de San Juan (cuyo nombre oficial, en ese tramo, es paseo del General Mola, desde Mallorca a la Travessera (aunque nosotros le llamamos passeig de Sant Joan). 

Teníamos de propiedad (és nostro, nostro, oía decir a mamá) un amplio y largo piso principal que daba a la calle por un lado y al interior de la manzana por el otro, desde donde se veía la fachada trasera de las casas de las otras calles de la cuadrícula. Las de enfrente correspondían a la calle Roger de Flor y la habitación de nuestra chica, que estaba interna, tenía esas vistas. También había un balconcito donde Araceli tendía la ropa. Yo tenía, en el otro lado, en mi cuartito de niña buena y, a ratitos, estudiosa, una ventana, por la que veía el paseo. En él, a veces un vecinito jugaba con un perrito saltarín de pelo oscuro y ojillos vivos. A veces, al verlos, pedía permiso para bajar a la calle. El chico me gustaba, seguramente porque tenía el perrito, feúcho, pero muy juguetón. Una tarde, cuando empezaba a oscurecer, antes de subir a casa, me senté en un banco, junto al seto que separa el centro del paseo de los carriles de tráfico. El niño estaba con el perro y otro niño unos metros más allá, cerca de la Diagonal, justo enfrente de las dependencias de Discos Vergara. Los dos chicos empezaron a jugar entre ellos, mientras el perro brincaba a su alrededor. Boxeaban y de lejos los oía ¿qué te ha parecido ese gancho? ¿y ese directo? ¡toma! ¡En el plexo solar! ¡Ay, en el estómago no tan fuerte! ¡Tengo flato!  Cuidado con mi nariz, si llego a casa sangrando mi madre me reñirá. El perrito se cansó de hacer de árbitro entre los dos, que no hacían el menor caso de sus ladridos, y se vino hacia mí. Hola, Boby (no sé si le llamaban así, pero en Barcelona si ves a un perro y le llamas Boby, te responde… pruébalo si no me crees). Y ¿qué imaginas que pasó? Boby se abrazó a mi pierna. Quise sacudírmelo ¡chucho! ¡chucho! ¡fuera de aquí! Pero el chucho se agarraba con fuerza con sus patas delanteras rodeando mi rodilla y con el hocico humedeciendo mi muslo, levantando mi faldita, mientras movía el lomo y el culo, atrás, adelante, atrás, adelante… Me daba miedo, pensaba que estaría así siempre, el resto de mi vida, como las lapas en las piedras del rompeolas… con el impertinente animal abrazado a mi blanca pierna, de un blanco que contrastaba con su pelo, que empezó a parecerme sucio… Pasaron unos segundos eternos… Y, de pronto, un líquido caliente y viscoso, que no era ni transparente ni de color, bañó mi pierna, el perro se despegó, su cabeza al echarse atrás levantó mi falda hasta dejarme el muslo al descubierto, donde había recibido el último y potente chorro de aquel liquido asqueroso. Hasta mis braguitas llegaron algunas gotas.  

El perro me miró (creo que me miró) y se fue unos metros más arriba y se tumbó en la tierra, junto a un parterre. Llegaron los niños (algo descompuestos tras su arduo combate) y el que era su dueño le llamó ¡Satancito! ¡Satancito! Vamos, vamos a casa. El perro, que no se llamaba Boby, como supe en aquel momento, se levantó y, con la cabeza gacha, se acompasó al paso de su dueño. El amigo y rival boxístico, que anduvo un trecho con ellos, le iba diciendo que al llegar a casa se pusiera un trozo de bistec en el ojo, que le había quedado a la virulé por un lance del combate y que procurara que no le vieran sus padres esa noche. 

Yo iba pensando, tras ellos y camino de mi casa, que quizá a los machos, humanos o animales, les excitan sus violencias y para aliviarse necesitan recomponerse abrazando a una hembra. Había oído hablar del reposo del guerrero y supuse que Satancito se había excitado con la pelea… Al llegar al piso me fui al cuarto de baño y puse en marcha el calentador de agua. Quería quitarme el asco que tenía en todo el cuerpo. En casa solo usamos el baño un día a la semana, los viernes o los sábados, y al oír que llenaba la bañera se extrañaron. ¿Qué haces?, ¿No quieres cenar? ¿Te has revolcado por el suelo de tierra? ¿Te has peleado con esa niña que vive por la Elizalde? Yo no contestaba. O lo hacía con monosílabos. Quería tirar las braguitas y no sabía dónde hacerlo para que no las encontrara nadie. Vi que estaban secas y que no olían y me conformé con lavarlas. 

Llevaba un rato semi sumergida en el agua tibia, meditando, cuando entró, después de llamar, mi hermana, a ver qué me pasaba. Y se lo conté todo. Se rio y me dijo que Satancito se había puesto cachondo y que, a falta de una perrita, se había consolado con mi pierna. Y que había eyaculado, que el líquido era semen… Yo, en lugar de tranquilizarme, me asusté más. Entonces, Rosa, ¿puedo quedarme embarazada? Ay, ay… Mi querida hermana ser rio otra vez y con ganas y me dijo que no, y que me lo explicaría mejor otro rato, pero que estuviera tranquila. Y que me vistiera y fuera a cenar, que iban a poner la mesa en diez minutos. Tengo mucho asco, todavía. ¿Los chicos hacen lo mismo? No, Helenita, luego te lo cuento. 

Helenita, la que vivió en el paseo de Sant Joan hasta que sus padres vendieron aquel magnífico piso y se trasladaron a otro más modesto en la calle Industria. En los bajos de la casa del paseo, sin embargo, conservaron la sede de la correduría de seguros del señor Casas. 

 

XXXI 

¿Ir al cine? 

Carlos: 

¿Te sientes inseguro conmigo? ¿Dudas de mí? ¿Crees que no te respondo como tu amor merece? 

No hemos ido nunca juntos al cine, ni siquiera lo hemos comentado como posibilidad alguna vez. Y ahora, de pronto, quieres que vayamos a ver una película de Arte y Ensayo al cine Publi, una película de la que no has sabido decirme el título, solo que trata de psicoanálisis. Me parece bien. Sabes que mí me gusta adentrarme en lo desconocido. Por eso te he seguido cuando me has propuesto ir a pasear o a bailar sin especificar por cuáles calles ni a qué baile.  

Yo voy contigo y como confío en ti y también en mí, me siento doblemente segura. Alguna vez hemos cambiado de dirección en nuestros paseos de discretos enamorados, ambos sabíamos, sin necesidad de decirlo, que al anochecer algunas calles de nuestra ciudad se vuelven peligrosas, y nos bastaba con que mi mano tirara un poco de la tuya, o la tuya de la mía, para ponernos a salvo de imaginarias, pero posibles, situaciones indeseables. 

Ahora me propones ir a ese cine del paseo de Gracia, a ver una película, la que echen, sin mirar siquiera la cartelera. Bien, pues. Iré contigo. Y me sentiré segura junto a ti. Y si en tanto van cayendo los fotogramas, tú deslizas tu mano sobre mis muslos, no protestaré, aunque me interesen mucho el argumento y la acción y eso me distraiga. Quizá pondré mi bolso en mi regazo, sobre tu mano, para resguardar nuestra intimidad de la inoportuna linterna del acomodador.  

Iré por complacerte. Pero me huelo que ese súbito interés tuyo en ir al cine conmigo se debe a que hace dos lunes fui a otro cine con mi novio. Ese personaje mudo (mudo porque está in albis, sobre lo nuestro, y de saber o sospechar algo quizá no estaría nada mudo, y llevando encima su arma reglamentaria de alférez, mucho menos), ese personaje que forma parte inevitable de nuestra disparatada relación y al que estás empezando a detestar con una furia que te hace perder esa serenidad y esa firmeza que forman parte esencial de tu seductora personalidad. 

Iremos al cine, sí, pero cuando no estés inseguro de mí. Serénate. Vuelve a ser el que quieres ser. Solo me gustas cuando eres tú. Y yo solo estoy dispuesta a ir al cine con alguien que me guste. No hay persona en el mundo que me pueda gustar más que tú, lo sabes bien, pero no cuando te dejas vencer por tu alter ego rabioso.  

Si sientes zozobrar tu ánimo, apóyate en mí. No dejaré que caigas, pero líbrate del odio, que pesa siempre demasiado. 

Vivimos una situación no buscada de la que poco a poco iremos saliendo. La vida misma nos ayudará a encontrar las salidas. Pero la rabia, no; no puede acompañarnos, debemos vencerla. 

Odiar es sufrir y yo no quiero verte sufrir nunca, si es posible. No me responsas diciendo que mi posición es la más fácil, que yo lo tengo todo y que no renuncio a nada. Dame tiempo, pero sin tirar de mí, porque eso podría hacerme caer, quizá a ti también.  

Ten mi mano. Dame la tuya. Vayamos paso a paso.  

Ya iremos al cine, una de estas semanas. Sin rabias inútiles. 

Nicia, la serena espectadora.

XXXII 

Celos y recelos 

Celoso amorcito mío: 

Nos ha tocado estos días hablar de celos. ¿Qué son los celos? ¿Amor continuo, que quiere fluir incesante, y que por ello está temeroso de perder su cauce? ¿Son los celos expresiones de desconfianza, de dolida incertidumbre? 

Yo siento, es verdad, pequeños celos cuando miras a otras mujeres, pero enseguida desaparecen porque sé que seré yo “a quien seguirás admirando como la más bella de todas, la única que con solo verla puede despertarte de tus recelos, la que arrincona tus veleidades, la que te enamora y te reenamora con cada gesto”. De ese modo me hablaste hace unos días y no lo hiciste para embaucarme, sino con una sinceridad que me arrebató. 

Así deberías pensar de mi relación con cualesquiera otros hombres. Ninguno lucirá ante mí como luces tú. No sientas celos, amor mío. No te golpees de cabeza contra paredes ficticias, porque a fuerza de insistir toparás con un muro de verdad que habrás levantado tu solito. 

Si has sido capaz de pensar que soy la más bella de todas las mujeres, no debes dudar en que yo te vea muy atractivo, además de “embustero y bailarín” (mi hermana ha puesto cuatro veces, en la gramola, el disco de Los Pekenikes, con esa canción. ¡Y la vuelve a poner!). 

Si las circunstancias nos hubieran reunido antes, hace un par de años (aunque entonces quizá te hubiera visto demasiado niño) no habría nadie en el planeta que nos arrancara un titubeo sobre lo que sentimos el uno por el otro.  

Debes entender que, pese a todo lo que me condiciona, yo solo te miro a ti. Eres mi hombre sin par. Como creo que yo, según me confesaste y me reiteras a menudo, soy igualmente única, la única para ti. 

Hace un par de meses me revelaste que, si yo me casara, no te importaría ser mi amante para siempre. Que con tal de poder estar junto a mí a menudo, aceptarías un papel secundario en mi vida para no salir de ella. Lo dijiste espontáneamente. Tú, tan adulto casi siempre, te sentías en ese momento un jovencito de tu edad, de tu verdadera edad. Me reí, halagada, es cierto, pero intuyendo que no pensarías una cosa así por mucho tiempo. 

—Tu personalidad —te dije— aparecerá firme en algún momento y te exigirá que seas ambicioso, que venzas a todo cuando tu dignidad se vea amenazada, incluso si eso implicase renunciar al amor de tu vida. —Así será, pensé, o, para ser sincera, así lo quiero creer, porque me gustas fuerte, como eres y quieres ser.  

Sé muy bien que cuando nos atrapa el amor, como a ti y mí, podemos ser capaces de muchas cosas para mantener la proximidad con la persona amada. Hasta ahora yo no me he sacrificado, bien es cierto, pero no sé de lo que sería capaz… hasta dónde podría llegar, a qué parte de tu vida podría renunciar para no resignarme a perderte por completo. 

(Pierdo concentración, me resuena la guitarra de Los Pekenikes, mientras trato de escribir. Iba a decirle a Rosa que cambiara el disco, pero, por suerte, mi madre se ha anticipado y le ha pedido que ponga el disco de Los Relámpagos, el de ‘Nit de llampecs’ o el de la ‘Santa espina’, supongo. 

¿Imaginas que yo me casase, por fin, con Edu, como todos esperan, y que yo te echará a mi amiguita Iluminada a los brazos para convertiros en pareja, y que nosotros continuáramos relacionándonos y compartiendo momentos locos de nuestras convencionales vidas? 

Yo sí lo he llegado a pensar. Incluso he imaginado que lo hiciéramos manteniendo la lealtad sexual a nuestras parejas. No saques tus garras porque te hable de Ilu, dices que no te gusta lo suficiente, pero no es verdad. Te gusta y te encanta como a mí como amiga, pero, además, tú eres un hombre y tarde o temprano la desearás. Si yo no estuviera por el medio, ya te habrías quedado prendado de ella. No me señales vuestras pequeñas incompatibilidades, o que ella es católica y que tú nunca te casarás mientras sea obligatorio hacerlo por la iglesia… claro, claro. Y otras mandangas que buscarás. 

Pero imagina que fuéramos tú y yo quienes quisiéramos pasar de amantes pelados a ser un matrimonio. Tú el marido y yo la esposa. ¿No te gustaría que buscáramos una pequeña ermita donde formalizar nuestra relación, acompañados por tus padres y los míos, todos sonrientes de felicidad? 

¿Te imaginas ese inmortal momento? 

¿Qué harías si se diera esa posibilidad? ¿Renunciarías a mí por tu rechazo a los formalismos y las religiones? ¿Me dirías que tú solo estás preparado para ser mi joven amante, siempre, claro está, que yo esté dispuesta a solazarme en tus brazos? 

Creo que te estás quedando mudo. Te veo, te veo mientras te escribo esta carta llena de locuras, algunas locuras más que añadir a las que ya ha generado nuestra “amistad”, maravillosa, por otro lado, o maravillosa por casi todos los lados.  

Como bien sabes, estar locos el uno por el otro, entraña pensamientos descabellados. O, si los repensamos, quizá no tanto. 

A mí, querido, me parece que algo tendremos que hacer para que lo nuestro no se quede con los años en poco más que un melancólico recuerdo de aquel breve tiempo de cerezas de 1968. 

Te quiero 

Nicia, la que será una esposa fiel algún día. 

XXXIII 

Comida imprevista 

Querido y dulce niño mío: 

Hoy te he llamado, pero me han dicho en tu trabajo que no ibas a volver hasta pasado mañana, pues estás de reuniones con clientes. Me agrada que trabajes tanto, que progreses, ya lo sabes. 

Pero te quería comunicar otra cosa. No podremos seguir con los planes que comenzamos a hacer para este fin de semana. Me han llamado los padres de Edu, que viene de permiso el sábado, y me han invitado a comer el domingo (me han invitado dando por hecho que yo no podría decir que no). Tengo la impresión de que Edu les está utilizando para presionarme y fijar una fecha de boda. Si siguen así, no sé qué haré. No me gusta que me fuercen, como bien sabes, querido. Ellos son personas muy amables y discretas, burgueses clásicos de Barcelona, de modales siempre impecables. Es un placer estar y tratar con personas así, siempre y cuando no quieran imponerte nada, aunque sea sutilmente. Ellos ya venían proponiendo que concretáramos nuestros planes, lo que era una manera de decir que fijáramos fechas… Bueno, pues ahora no estoy predispuesta, menos predispuesta que unos meses atrás.  

Si fueran mis padres, ya les hubiera mandado a freír espárragos (¡es un decir, nunca les falto al respeto así, aunque me saquen de casillas, como mucho digo merda!, que parece menos soez en catalán que mierda en castellano). Pero a los padres de Edu les debo responder con el mismo respeto convencional con que ellos me tratan. Estoy pensando en decirles que no me atrevo, hoy por hoy, a adelantar los planes de boda porque en realidad no estoy preparada para casarme. Si les digo eso, así, dicho así, será la bomba, pero lo estoy pensando. 

El sábado veré a Edu por la tarde y hablaremos un poco de todo eso. 

Lamento no haberte podido avisar por teléfono, pero en esta carta te doy más datos que si te hubiera llamado. Si estalla la bomba, ya averiguarás por dónde quedan mis pedacitos. 

Besos, querido niño. Nos veremos el martes, si puedes. 

Nicia, la que no quiere enmaridarse todavía. 

 

(Continúa)

 

 
Go to top of page
En cumplimiento con Ley 34/2002 de servicios de la sociedad de la información, te recordamos que al navegar por este sitio estás aceptando el uso de cookies propias y ajenas. Acepto + info