Novela
[ Volver ]Las cartas de Nicia (Tercera entrega de la segunda parte, capítulo 22)
25/08/2026 - Jordi Rueda Mateu / Las cartas de Nicia
'En el Arc del Teatre, ante La Cazalla o el vecino Villa Rosa, empezó a bailar para el público la niña Carmen Amaya, explicó Marcel'. © Jordi Rueda Mateu.Las cartas de Nicia
la de los cabellos castaños
Jordi Rueda Mateu
(Tercera entrega, capítiulo 22)
XXII
De el Tabú a l’Ovella Negra
Te lo contaré, sí, curioso Carlitos:
Unos días después del episodio de Santa María del Mar (y alrededores), Xesca insistió en que emprendiéramos la aventura de adentrarnos en la calle Escudillers*, más allá del restaurante Los Caracoles, o sea: que fuéramos al Tabú.
Tanto ella como Maica se habían informado y tenían presente que era un local poco adecuado para la visita de cuatro jóvenes y honestas mujeres solas y decidieron buscar la complicidad de algunos varones. A Rosa y a mí nos gustó la prudente idea.
Pero la selección del personal no fue fácil. Los chicos, aunque decían que estarían encantados de ir con nosotras, al saber dónde los queríamos llevar, se espantaban. Hablando en plata, se cagaban.
Menos mal que Maica tiene buenos amigos y alguno, como un profesor de geografía económica de la Escuela de Empresariales, que bebe los vientos por ella, al ser invitado a venir con nosotras de ronda urbana (sin decirle adónde) aceptó y trajo a dos amigos con él.
Los citamos una tarde de viernes en el Romano di Capri, de la calle Córcega con Sicilia.
¿Por qué ahí? Para no asustarles. Ponen buena música, el ambiente es bueno y los precios de las consumiciones, asequibles. Además, a Rosa y a mí nos quedaba muy cerca de casa. Xesca, para irse entonando, pidió un zumo de piña con ron. Rosa y Maica la imitaron, y los chicos, menos originales, cubalibres. Yo, como no había merendado, pedí un cacaolat.
Charlamos un ratito, junto a la barra, bla bla, hasta que Maica propuso que fuéramos a la Rambla, porque así, de paso que dábamos un paseo por allí, compraría unos carretes en Casa Arpí, la tienda de material fotográfico que está junto al pasaje Bacardí, ese que está cubierto, se cierra con una puerta de hierro colado y lleva a la plaza Real.
Lo de los carretes fue una estratagema para situarnos en la zona que nos interesaba, a unos pasos de la plaza del Teatro, donde luce el monumento al dramaturgo Pitarra… —Ah, sí, Serafí Pitarra, autor, entre otras obras, de una de las primeras zarzuelas en catalán, ‘La esquella de la Torratxa’, en el siglo XIX, según nos explicó uno de los chicos, Marcel, que forma parte de un grupo de teatro aficionado, en el Poble Nou.
—Ah, bien. Vamos por Escudillers. —¿Por ahí queréis ir? —Sí, sí, hay un sitio que me gustaría ver, —Dijo Xesca, una vez estábamos delante del cabaret New York. De nuevo Marcel nos explicó que tiempo atrás estaba allí el famoso tablao Charco la Pava, donde actuaba Antonio González el Pescaílla. Se explayó Marcel, contándonos la gran cantidad de tablaos flamencos que había en esa zona de Barcelona. El aroma de los pollos a l’ast de Los Caracoles cambió la conversación, aunque todavía, nuestro experto en teatro y cante nos señaló otro tablao, La Macarena, en la calle Nueva de San Francisco… Nosotras... escuchábamos, mientras avanzábamos. Yo nunca había ido por esa calle más allá de Los Caracoles, pero con el grupo iba sin temor. Pasaron unos marines de la Sexta Flota y uno se me acercó mucho y me dijo algo en inglés que no entendí (por suerte, así me ahorré darle un bofetón, porque el tono me sonó grosero). Como quiera que me giré con cara de pocos amigos, el otro chico del grupo, Fernando, me tomó del brazo y me dijo que no le hiciera caso, —pero qué se creen estos mocitos gringos vestidos de primera comunión… —tranquila, Helena, que ya viene por ahí una pareja de su MP (policía militar) para controlarlos.
Estábamos a la puerta del Tabú.
Rosa y Maica echaban una ojeada desde la calle al local de al lado, el Tequila. Con la puerta entreabierta se veían muchas mujeres, diríase que representativas de toda la gama de izas, rabizas y colipoterras de la ciudad, residentes o temporeras en épocas de demanda.
Dentro del Tabú, al principio, no me sentí incómoda. Creo que el que peor ubicado estuvo fue el profesor Serradell. Maica, a la que no quitaba ojo, estaba en su salsa. Hablando con unos y con otros. Casi todos los jóvenes que empezaron a aproximarse eran de piel oscura, muchos son gitanos, me dijo Rosa, después, y Serradell, de natural blanquito, iba empalideciendo aún más.
Se sentiría marginado el pobre. Yo no, enseguida estuve escoltada por dos rubios (teñidos, diría) que llevaban unas guitarras en sus fundas. ¿Vais a tocar? Les pregunté. —Sí, pero aquí no, en un tablao que está Ramblas arriba, yendo pa la Boquería.
—¿Música como esta que suena? —No, nosotros somos flamencos y esa canción que suena es un danzón-cha, —dijo el más rubio de los dos. —Canta el cubano Roberto Faz —añadió el menos rubio.
—Es bonita, —dije, por decir algo. —¿Cómo te llamas? —Helena. —¡Ah! ¡Escucha, Elena, ¡escucha!
Intervino Xesca, —Escucha, Helena, eso que suena es una plena. Y dice: “Elena toma bombón, bom, toma bombón, Elena”, canta el sonero mayor Ismael Rivera.
—Y Helenita, o sea, yo, rodeada de mis amigos, de los guitarristas flamencos y de unos 15 jóvenes parroquianos más del Tabú, iba escuchando y tratando de bailar al ritmo de la plena.
“Yo los traigo de limón, también traigo de canela. Porque nadie le da un bombón, bom, a la pobre de Elena, que bom Elena toma bombón, bom, toma bombón Elena Elena...”.
El pálido profesor Serradell, al que Maica, que bromeaba con unos y con otros, no le hacía caso, se introdujo junto a mí en el corro y se puso a bailar como si fuera James Brown. Xesca se nos unió exhibiendo un sensual tembleque que puso los ojos como platos a los varones todos.
Finalizó la plena y empezó a sonar, de Bobby Capo, también puertorriqueño, un animado y famoso bolero, el cual utilicé para vengarme de los que me habían acorralado con la canción anterior, venciendo mi natural discreción, ejem.
Después de las estrofas que dicen “Que se quede el infinito sin estrellas y que pierda el ancho mar su inmensidad (…) Ojos negros piel canela”, etc. viene aquello de “Me importas tú y tú y tú y solamente tú y tú y tú, me importas tú y tú y tú y nadie más que tú” y yo, a cada tú, iba señalando y haciendo retroceder, a todos, uno por uno, apuntándoles con el dedo (casi se lo metí al más presumido en un ojo, cuidado, prima, me dijo, acobardado) “y tú y tú y tú y tú y tú”, seguí.
A continuación, otro bolero, ‘Amor fugaz’, con el sonero mayor de Cuba, Benny Moré: “Para qué perder el tiempo, para qué volvernos locos, si tú sabes que nosotros no nos comprendemos ya”.
Y, aprovechamos para irnos. —¡No os vayáis, primas, que ahora ponen bugalú! —Volvemos mañana, —mintió Maica, para que no insistieran.
Al pasar delante de Los Caracoles el aroma de los pollos del asador nos cascabeleó en las panzas, pero aguantamos. —¿Tomamos algo en el Cosmos? —No, una cazalla de la sierra con pasas —propuso el erudito teatral Marcel. —En el kiosco del Arco del Teatro, cruzando la Rambla, ahí delante.
Ya con los vasitos de licor en la mano, Marcel señaló la puerta del Villa Rosa, a unos metros, lo que desasosegó al profesor Serradell... No, no. A otro antro, no vamos. Marcel matizó que solo quería explicarnos que en ese cabaret y en la misma calle donde estábamos, fue donde empezó a deslumbrar a unos y otros la bailaora Carmen Amaya, siendo niña.
Maica propuso ir a Los Cuernos, un bar de tapas ya en el corazón del Barrio Chino, mirando de reojo al profesor. —Allí podemos tomar un palo, que es un aperitivo mallorquín, a Xesca le gustará el ambiente. —Y añadió mirando de nuevo al profesor y, a buen seguro, riéndose por dentro: No todos los clientes son maleantes.
Ay, no. Para gente de malvivir ya os tengo a vosotros, ironizó la palmesana. En la pared, cerca de la entrada del Villa Rosa y junto a la tienda Cambalache, estaba pegado un afiche que nuestro erudito examinaba atentamente. Anunciaba un espectáculo de Juanito Valderrama y Dolores Abril en el Teatro Victoria.
La cazalla y sus pasas habían atenuado el apetito. Tomamos la Rambla, dirección montaña, sin decidirnos a ir a ningún sitio concreto. Al atravesar Conde del Asalto nos cruzamos con Salvador Dalí que iba acompañado de Gala. Me dio un vuelco el corazón al verle, mientras Marcel, el sabelotodo, nos expuso que probablemente irían a cenar a Casa Juan o al Amaya y después a ver los espectáculos del Barcelona de Noche o del Gambrinus. Ah, dije yo, impresionada.
Alguien propuso ir a la barra del Pinocho en el Mercado de la Boquería, pero Xesca se opuso. —M’estic pixant**, dijo sin rebozo. —La piña con ron tiene eso, da pixera, sobre todo si te tomas cuatro —comentó sonriendo el discreto Fernando, añadiendo que el Mercado a esas horas está cerrado, que al Pinocho hay que ir a partir de las 6 de la mañana.
—Si queréis, podemos ir a la Ovella Negra, picamos algo y charlamos —propuso como opción.
Así lo hicimos. Además de comer pan con tomate y fuet, Xesca y yo pudimos mear. A mí, ya en el Tabú me apretaba un poco, pero no me atreví a aventurarme en su wáter.
En la Ovella Negra actuaban unos chicos. Son del Grup de Folk, aseguró el discreto Fernando, mientras el sapientísimo Marcel asentía y matizaba que no eran los del grupo Falsterbo ni de Els Tres Tambors, aunque uno tenía un aire a uno de estos últimos.
Un poco más tarde de la medianoche, Rosa y yo estábamos en casa. Los demás, decidieron tomar la espuela en el Boadas, en Tallers con Canaletes. El Boadas, dijeron, tiene gran variedad de rones y prepara combinados caribeños de buena calidad.
Y después, no sé.
Helena, la que bailó sin tabúes el bugalú de Nueva York y la plena borincana, en el Tabú.
*Actualmente Escudellers. **Me estoy meando.
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