Novela
[ Volver ]Las cartas de Nicia (Sexta entrega de la segunda parte. Epílogo)
28/08/2026 - Jordi Rueda Mateu / Las cartas de Nicia
Autorretrato de Helena Casas, 'Nicia'. Creación digital del autor.Las cartas de Nicia
la de los cabellos castaños
Jordi Rueda Mateu
Epílogo
Helena Casas Pratdellorers se casó con Eduardo Castañer Casals en diciembre de 1968. La luna de miel transcurrió en París, donde ella fue muy feliz al poder visitar varias veces el Louvre, el Musée du Jeu de Paume y el National d'Art Moderne. La pareja tuvo una hija, Eulalia, en julio de 1969. Helena Casas siguió pintando acuarelas, alabadas, pero vendidas a precio bajo. Como en su piso de casada en la calle de Enrique Granados había un cuarto amplio y luminoso que le servía de estudio, aprovechó para pintar lienzos al óleo que fue acumulando, cuando no los vendía en algunas tiendas de muebles, aunque sin firmarlos. Las flores y los caballos tenían salida y eso la hizo pensar que, si algún día se separaba de Edu, podría subsistir económicamente, como así fue.
Su padre, don Lorenzo Casas Estany, consiguió afianzar su correduría de seguros y su madre, doña Carmen Pratdellorers de Casas, seguía poniendo canelones a la mesa los domingos. Su hermana Rosa se olvidó temporalmente de los estudios y siguió trabajando con su padre, cobrando un sueldo que le permitía ahorrar un poco. Tuvo un noviete bien parecido, al que dejó porque aparentaba ser más joven que ella. Después permaneció casadera y sin pareja, pese a que tuvo muchos pretendientes.
Carlos Maldau Ribot dejó su puesto en la imprenta para fundar un estudio gráfico con otros dos socios que funcionó cubriendo gastos durante un par de años. Un tiempo después consiguió un trabajo fijo en el departamento de publicidad de un destacado diario y el sueldo razonable que percibía le llevó a olvidar pronto su vocación de creativo independiente. Antes, estuvo saliendo un año con Louise y juntos, en los fines de semana del verano de 1969, se dieron a explorar poblaciones con playa cercanas a Barcelona, a las que iban en tren, desde Pineda de Mar, hacia el norte, hasta Sitges o Vilanova, al sur. Al llegar el invierno del 70, se dieron un tiempo. Ella tuvo la oportunidad de tomar un empleo en Narbona, donde además tenía familiares. Ese año, Carlos Maldau se encontró casualmente a Iluminada, que ya había abandonado su colaboración con la monja de Sarrià y estaba estudiando Farmacia en la Universidad gracias al esfuerzo de sus padres, Rafael Cantos Frías y María Ramírez Dedeu, quienes habían puesto todo su empeño, trabajando los dos, en el progreso cultural de su hija, que se volvió poco a poco una mujer demasiado seria y consciente para compartir los sueños del descreído Carlos. Pese a todo, festejaron su relación e hicieron planes de boda que derrotó el tiempo.
Carlos permaneció célibe, cosa que perjudicó su progreso profesional, pues los jefes del diario desistieron varias veces de darle un cargo directivo, tras varios años como subjefe de la sección de anuncios económicos. Querían una persona asentada para un cargo de mayor responsabilidad.
En 1986, Carlos conoció en la discoteca Piscosis de la calle Balmes a una joven de 17 años con la que, además de bailar como si fueran los amos de la pista, estableció una intensa relación afectiva. Y, al poco tiempo, empezó a sentir que había encontrado a la mujer de su vida. Ella le correspondía en su locura y estuvo dispuesta a casarse con él. Se lo confesó una tarde de martes en la discoteca Trauma, de la calle del Consell de Cent, mientras sonaba la versión en español de la canción de Jennifer Rush 'The Power of Love' (Tú eres mi hombre y yo tu mujer). No obstante, la enamoradísima Laia, como la llamaba Carlos, sabía que ni su padre, con quien vivía en un piso de la calle Mallorca, junto al pub-restaurante La Palmatoria, ni su madre, que se había instalado en otra ciudad, pero la llamaba de vez en cuando, permitirían que siguiera adelante. Sí que unos días después, en una tarde de sangre frita y vino de Cariñena, 'Al calor del amor en un bar', en la Gran Bodega de la calle Valencia, se juraron amor eterno. Unas horas después, en la sala Planeta 2001, Eulalia aseguró a Carlos que en cuanto cumpliera los 18 lo plantearía en casa, que estaba decidida.
A partir de ese momento, ella empezó a visitar el domicilio de Carlos en la calle Enamorados. Allí escuchaban la música que les gustaba, Bee Gees y las Supremes, Bowie y Radio Futura, y allí tuvieron sus primeras relaciones carnales. Aprovechaban que los padres de él, ya jubilados, pasaban la mayor parte del tiempo en una casita que tenían cerca de la población costera de Calafell, en la comarca del Baix Penedès. Y cuando volvían por unas semanas a Barcelona, se recluían en su torrecita de la calle Siglo XX, en el Guinardó.
Un día en que Carlos tuvo que salir, Laia se puso a ordenar un poco la habitación y en una cómoda encontró un sobre DIN A3, ajado y mal cerrado, del que al moverlo cayeron otros sobres, estos de cartas. Al recogerlos y tratar de dejarlos como estaban, no pudo resistir la tentación de ver el contenido de uno de ellos. Letra de mujer. ¡Uf, Carlos tenía un amor prohibido un año antes de que yo naciera, cuando tenía mi edad! ¡Qué interesante!
Y así fue como, al reconocer la letra, Eulalia Castañer i Casas, Laia, conoció el mayor secreto de su madre.
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