Novela
[ Volver ]Las cartas de Nicia (Cuarta entrega de la segunda parte, capítulos 23, 24 y 25)
26/08/2026 - Jordi Rueda Mateu / Las cartas de Nicia
''Se sirvió un poco de kir en un vaso de duralex y se puso a bailar''.Las cartas de Nicia
la de los cabellos castaños
Jordi Rueda Mateu
(Cuarta entrega, capítulos 23, 24 y 25)
XXIII
La Bodega Bohemia
Dulce Carlos:
Ayer se me quedó el disco de Las hojas muertas encima del buró donde escribo, en mi cuarto. Te iba a comentar algunas de las cosas que hablamos ayer mismo en nuestro bonito paseo y también que noté, por primera vez, que te sentías orgulloso de ser mi acompañante, que tenías ganas de lucirme. La verdad es que no era para menos… perdona mi coquetería. Yo también sentí algo parecido. Quería lucirme, pero también lucirte a ti… En fin, queríamos disfrutar de eso que nos ha estado prohibido y ahora, a mí, más que nunca.
El disco, que no me he atrevido a escuchar de nuevo para no arriesgarme a que me devolviera la melancolía que ayer se me llevó, me ha recordado un barecito oscuro al que me llevaste una vez, El Pastís, donde ponen música francesa, de la môme Piaff y de los grandes de la chanson. La dueña nos contó como lo abrieron con su marido muchos años atrás. La noche en que fuimos entraron unos secretas, o al menos lo parecían con esas gabardinas que todos llevan.
Íbamos a Les Enfants, pero me sorprendiste, dulce noctívago (esta palabra la encontré el otro día en mi Diccionario de Sinónimos, me encanta), llevándome a la Bodega Bohemia. Cuando me nombraste el local pensaba que querías ir a tomar algo a La Bohemia de la Ronda de Sant Pau, pero no… era el rincón de Barcelona “donde los artistas nacen”, si bien por lo que vi diría que nacen a los 60, 70 u 80 años, aunque resultan entrañables para la gente. Nunca pensé que lo pasaría tan bien cantándole a la septuagenaria gran estrella del local, María: “Qué guapa estás María, qué guapa. Qué guapa estás María, María qué guapa estás”, a coro con los demás asistentes. Me fascinan esos lugares, donde, además, el público es tan diverso y de todas las edades. Aunque lo mejor fue conocer allí tu faceta de animador, jaleando al Gran Gilbert “¡Oh, gran Gilbert, oh, gran Gilbert!”, clamabais todos, felices y exaltados, hasta que el hombre, que debe frisar los 90 años, pidió que le dejarais cantar.
Qué sonrisa la del viejete. Ah, pero cómo cantaba también aquel tenor que interpretó sin micro, con un gran vozarrón, ‘Amapola’ y ‘Banderita’, ¡qué kitsch! ¡y qué divertido! He tomado un apunte de memoria de la imagen del pianista, tocando cara a la pared y girándose solo para reírles alguna gracieta a los artistas. Quizá lo pintaré, pero me iría bien volver otra vez, para tomar un apunte estando allí. Se me ocurre que es un lugar al que podríamos ir después del guateque en casa de Louise. A ella misma, seguro que le encantaría.
Podrías proponerlo… hemos quedado (finalmente) la tarde del sábado y los sábados ¡la noche es joven! Si no te atreves se lo diré yo…
Besitos, noctívago guapo.
Nicia, la que consulta sus diccionarios.
XXIV
¿Marisa o frigo?
Carlos:
Solamente con un hombre-niño como tú podría haberme dedicado a hablar de la calidad de los helados y a escuchar tu curiosa teoría según la cual no importa que una golosina banal como el helado sea de mejor o peor calidad. Lo importante, según tu idea, es que yo tenga ganas de tomar un helado. Que los helados frigo sean mejores que los marisa, no importa… tu actitud y tu deseo de sentir su frescor en la boca o en la laringe es lo que cuenta. Bueno, niño, no. No.
Yo estoy predispuesta a tomar un cucurucho porque tengo ganas de hacerlo, pero además quiero que sea Frigo. Los cortes de Helados Marisa para ti, querido, que te acobardan los sabores intensos.
¿Sabes ya que nuestra querida Louise ha cortado con ese novio, Ramiro, ¿que siempre la controlaba? Al susodicho le molestó ver que te daba atentas explicaciones sobre el origen y la elaboración del kir y que después bailarais unos lentos asazmente agarrados y, sobre todo, vuestro largo rato de conversación. Después, cuando tú te habías marchado, discutieron y el la zarandeó. Louise, muy encabritada, le llevó a empellones hasta el perchero de la entrada para que recogiera la chaqueta y se fuera. ¡No vuelvas ni me llames más! Además de ridículamente violento, eres el perfecto aguafiestas cuando los demás tenemos invitados.
Vete por favor. Y no me toques. Estás descalificado para compartir nuestras tardes en ¡mi casa! (enfatizó mi casa).
Al levantar la voz, le salió el acento francés, me pareció. Otra chica, yo misma, después de una escena así se hubiera puesto a sollozar, pero ella no. Estaba nerviosa, y decidió servirse un kir y al ver que la jarra estaba vacía fue a buscar la garrafa de vino y cubitos de hielo. Llenó la jarra hasta la mitad y agarró con fuerza la botella de jarabe de cassis, echando un chorro, hasta manchar bien el vino, mientras los trocitos de hielo despedían guiños de color rojo. Removió sin la suavidad con que lo hacía otras veces. De ese modo se tranquilizó. Hecha la mezcla, se sirvió un poco en un vaso de duralex y se puso a bailar mientras todos se iban despidiendo de ella y se marchaban. Yo me quedé un poco más.
—Ponte kir, ¿tienes la copa? Si no toma una del fregadero y lávala, —me dijo. Cuando pronunció “fregadero” si le saiío el acento. Tenía las mejillas encendidas como un melocotón rojo de viña. Al cabo de unos momentos, cuando volví con la copa limpia, estaba más calmada. Me puso kir con el cucharón y nos sentamos a hablar.
Y hablamos un buen rato. A solas.
—¿Quieres que te ayude a recoger o que ponga otro disco?
–No. Hablemos. —Bien, dije sonriendo mientras admiraba como su piel recobraba la suavidad y el tono de la porcelana, en contraste con la que momentos antes, enfadada, delataba que tenía aún mucho de campesina gabacha.
Una campesina cultivada. Su único signo de mal gusto era su novio, en ese instante ya exnovio.
—A veces va bien tener un chico al lado para evitar que te molesten otros chicos, comentó dando a entender que lo había despachado ya sin vuelta atrás.
Hablamos de chicos y, de sopetón, soltó:
—¿Cómo es Carlos? ¿Sois muy amigos, ¿verdad? —Ay, la que se pudo colorada fui yo. Y no te cuento lo que le conté para no ruborizarme más yo solita al escribir.
Nicia, la que escucha a sus amigas.
XXV
Hombre objeto
Buenas noches, hombre objeto.
No te ha gustado ¿verdad? ir a merendar a ese blanco local de Granjas La Catalana. Lo siento, pero hoy la que iba con el tiempo justo era yo. Necesitaba quedar camino de casa y no se me ha ocurrido otro sitio mejor. Muchas otras veces soy yo la que se “sacrifica”. ¿Te enumero las citas en lugares que te van bien a ti, únicamente a ti?
Nunca me he quejado ni me he aprovechado de los momentos incómodos para sermonearte con agravios…
¡Y no esperaba, la verdad, que me dijeras que te trato como a un hombre objeto!
Pues quizá tienes razón. Tu eres, también, mi hombre objeto, un puro objeto de tierno y dulce deseo sexual y afectivo. Y diría que bien que te aliñas para serlo. Al principio de nuestra relación, el frío invierno pasado, cuando llegabas a nuestros encuentros, la boca te olía a mentol, y tu indumentaria era perfecta para ir a visitar a tus clientes… hasta aquella rebelde mancha de tinta en la solapa de tu traje de gales o en la manga de la chaqueta gris marengo eran aceptables, puesto que trabajabas en artes gráficas, pero ese atavío ya no servía para ir a bailar ni para salir a pasear con la chica más atractiva y pizpireta del baile (aunque no hubiera sido yo).
Tuve que darte indicaciones sobre desodorantes, colonias más modernas que el Embrujo de Sevilla que le sisas a tu madre o que el Varón Dandy de tu padre, ropa más juvenil para salir de fiesta que la que usabas de digno vendedor cuarentón, pensando, quizá, que te veríamos, así, menos aniñado…
Tuve la discreción de no decirte con que intención te regalé una corbata de seda y vivos colores naranja pálido y verde de hierba fresca, cuyos reflejos (eso sí te lo dije) iluminaban un poco tu cara. Tampoco que te regale el after-shave Old Spice para que dejaras de usar el Floyd que compartías con tu progenitor y no ofendieras mi olfato cuando acercabas tu mejilla a la mía… recordándome a mi propio padre.
Sí, debo reconocer que, a veces, te he tratado como un hombre objeto, pero el resultado es que eso te vale y te valdrá para aumentar tu buena presencia. Y merda! gustar más a otras chicas y ponerme un poco celosa. Un poco, eh, no te subas a la parra, narcisito.
Admito, en fin, que te he tratado como un hombre objeto porque no solo las mujeres debemos prestar nuestro cuerpo para causar admiración y deseo en los varones y admiración y envidia en otras mujeres. Los chicos, también.
Y ahora puedes decir que parezco feminista, hombre objeto, así me acuerdo de mamá, que a veces me lo dice.
Hablando otra vez de cosas verdaderamente importantes, ¿quedamos para ir a bailar el viernes? Podríamos merendar algo en Casa Alfonso de la calle Lauria, discutir un rato, enfadarnos, reconciliarnos y después ir al Plaza, de la plaza Cataluña. Creo que toca Jaime de Mora y Aragón, el hermano de la reina Fabiola, también podemos echarle un ojo, además de bailar.
Nicia, la mujer sujeto.
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